Los británicos hicieron de Maó la capital por su puerto, y su huella sigue por todas partes: en la arquitectura, en el gin de Xoriguer que aún se destila junto al muelle, en palabras del menorquín que vienen del inglés. La ciudad, arriba, es de calles comerciales y plazas con vistas; el puerto, abajo, es donde late la vida — restaurantes, barcos y ese trasiego de agua abrigada.
El puerto, la estrella
Cinco kilómetros desde la bocana hasta la ciudad, con islotes cargados de historia (la Isla del Rey, con su hospital británico restaurado; el Llatzeret, la vieja cuarentena). Recorrerlo en barco, con el mercado de Maó como parada, es la mejor forma de entender por qué este puerto fue tan disputado — y de ver la ciudad como la vieron los que llegaban por mar.
Arriba, la ciudad
El casco antiguo de Maó es para pasear sin prisa: la plaça de la Constitució con su iglesia, el mercado del Claustre del Carme, las tiendas de la calle principal y los miradores sobre el puerto. Y, cómo no, la destilería de gin junto al muelle, parada obligada para la pomada.
Maó es la Menorca que mira al mar de frente. Dedica una jornada: mañana de barco por el puerto, comida con vistas al agua, y tarde de paseo por la ciudad de arriba, con parada en la destilería. Es el contrapunto marinero a la Ciutadella señorial.